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Resumen

¿Nos ha enseñado algo la pandemia? Hace poco tiempo, a principios de septiembre del 2022, se publicaba un recuento de la Universidad Johns Hopkins según el cual se han producido 580 millones de casos de ataques de la Covid-19 en el mundo y han fallecido 6.4 millones de personas. No es preciso decir que estos datos son inferiores a los realmente producidos, hasta el punto de que la misma Organización Mundial de la Salud estima que los datos reales pueden ser dos o tres veces mayores que el recuento oficial, pues ha habido una notable falta de un seguimiento fiel del impacto de la enfermedad, sin que hayan faltado razones políticas. Conviene no olvidar, como término de comparación, que todas las guerras napoleónicas —de las que los españoles sabemos bastante— produjeron entre cinco y siete millones de muertos. Parece razonable reflexionar sobre lo que hemos aprendido de esta catástrofe mundial y qué incidencia puede tener en asuntos de gran importancia, como el concepto del ser humano, las medidas sobre la investigación que deben tomarse para el futuro o el modo de entender la educación después de la pandemia. Desgraciadamente, si analizamos los numerosos trabajos dentro del mundo de la educación que la pandemia ha suscitado, muy pocos de ellos han entrado a considerar estos asuntos básicos. Cabe señalar la observación realizada por Curren cuando afirma que «El distanciamiento social pandémico subraya la importancia de preguntarse si los intercambios interpersonales directos y encarnados siguen siendo importantes para el desarrollo y el aprendizaje a lo largo de la vida» (2022, p. 23). Pero no aporta nada nuevo hablar, como han hecho otros, de los modos de enfrentarse a la adversidad, así como tiene importancia secundaria estudiar los modos de conseguir una mayor y mejor digitalización de los profesores, de los alumnos y de los métodos pedagógicos. Pensamos, por el contrario, que una reflexión educativa sobre la pandemia nos debe llevar a la idea de que este desastre mundial ha puesto de manifiesto algunas realidades sobre los seres humanos que muchos querían ignorar y que ahora vuelven a tener importancia, si queremos dedicarnos a la tarea de promover una buena educación a las jóvenes generaciones. Las principales realidades que consideramos necesario sacar a la luz son cinco. En primer lugar, es preciso tener en cuenta que no hay educación auténtica si no se anima a una reflexión sobre el sentido de la vida. En efecto, en un trabajo que apareció en esta revista, ya que en los inicios de la pandemia, se advertía que el virus «es fuente de numerosas oportunidades para plantearnos, como le ocurre a Iván Illich poco antes de su temprana muerte, la cuestión de si hemos vivido como debíamos» (Ibáñez-Martín, 2020, p. 182). Se ha querido imponer la ideología de que cualquier tipo de vida es igualmente digna y así ha aparecido, ayudada por Internet, la fauna más degradada posible, desde personas que se ofrecen a ser comidas por otros, lo que incluso consiguen, a jóvenes desenvueltos que declaran no tener ni foi ni loi (ni fe ni ley), o cantantes, como recientemente declaró Sabina acerca de su juventud, que solo pensaba en «sexo, droga y rock and roll». No es una ideología que haya desaparecido. Pero las imprevistas muertes de personas queridas, de todas las edades, han llevado a muchos a volverse a plantear la pregunta socrática acerca de la vida que vale la pena vivir. En segundo lugar, ha adquirido un especial relieve la vulnerabilidad que caracteriza a los seres humanos. La Real Academia define que ser vulnerable es poder ser herido o recibir lesión, física o moral. Ha sido tradicional reconocer la necesidad de protección para esas heridas, que podían provenir de ser atropellado si cruzábamos por donde no debíamos, o ser insultados si paseábamos el día de la fiesta nacional con la bandera equivocada en la mano dentro de un barrio independentista. Pero, en ocasiones, no basta la protección razonable. Es evidente que en ciertas circunstancias hay una mayor vulnerabilidad, como cuando se tiene una enfermedad mental, ante la que no disponemos personalmente de medios para protegernos de ella. Tiene razón Sellman (2005) cuando presenta la actividad de las enfermeras como una respuesta a esa mayor vulnerabilidad humana, ante la que se debe responder cuidando la dignidad de la persona y estudiando una protección, que ha de distinguirse del paternalismo, meditando con cuidado las barreras que no deben superarse. Ahora bien, la pandemia nos ha facilitado descubrir nuestra profunda dependencia hacia la naturaleza. La revolución del 68 incitó a la idea de que era irrelevante la diferencia entre el hombre y la mujer. Más adelante, comenzó a propagarse la idea de que íbamos a vivir mil años y de que los inventos científicos nos conducían necesariamente a un transhumanismo que nos llevaría a superar las limitaciones intelectuales y biológicas, gracias a la ingeniería genética, que nos permitiría, primeramente, elegir las características de nuestros hijos y luego nos llevaría a un importante aumento de duración de la vida. Es patente que esa ideología sigue presente e incluso se defiende con ciertos instrumentos legales. Pero una reflexión sobre la pandemia ha llevado a muchos a pensar que es un error enfrentarse a la naturaleza, desconociendo los límites que nos impone. Relacionado con esta cuestión nos aparece el tema de los límites de la autonomía humana, que defendió especialmente Kant, manteniendo que era la propiedad de la voluntad por la cual es para sí misma una ley, y que fue retomada por Rawls en su famoso libro A theory of justice, publicado en 1971, y que hoy día ha sido citado 105 095 veces, quien afirma que «actuar autónomamente es actuar según principios que consentiríamos como seres relacionales, libre e iguales» (p. 516). La evolución en este medio siglo de estas ideas ha llevado a la extendida creencia de que es preciso defender, como meta básica de la educación, una autonomía entendida como libertad sin referentes, en la que el deseo es el único principio que se ha de seguir. Ahora bien, quizá no ha sido esta la más correcta interpretación del concepto de la autonomía humana. Utilizando palabras de Fukuyama, en su reciente libro Liberalism and its discontents, diremos que El reino de la autonomía se ha expandido constantemente a lo largo del tiempo, ampliándose desde la libertad de obedecer reglas dentro de un marco moral existente, hasta inventar estas reglas por uno mismo. Pero el respeto por la autonomía estaba destinado a manejar y moderar la competencia de creencias profundamente arraigadas, y no a desplazar esas creencias en su totalidad. No todos los seres humanos piensan que maximizar su autonomía personal es el objetivo más importante de la vida, o que desbaratar todas las formas de autoridad existentes es necesariamente algo bueno (2022, p. 152). En cuarto término nos encontramos con que la pandemia ha puesto de manifiesto los males del individualismo, tan presente en la sociedad actual. Son numerosas las filosofías que han advertido sobre el error que significa olvidar que somos animales políticos y sociales, creyendo que somos mónadas aisladas, empeñadas en presentar los propios gustos o intereses como derechos que deben ser reconocidos. Hace años se hizo famoso el artículo «Bowling alone: America´s declining social capital» (1995), en el que Robert Putnam se quejaba de la falta de participación en actividades cívicas, y que si bien había crecido el número de quienes juegan a los bolos, era preciso reconocer que hoy son muchos más los que los que juegan solos, como expresión de que cada vez son más las amistades «virtuales» y menos las reales. Es evidente que el número de personas que en estos años de pandemia han muerto absolutamente solos, en su casa o en un hospital, ha movido a muchos a una reflexión, que origina el último punto. En efecto, en último término es preciso subrayar cómo se ha despertado la importancia de la solidaridad y del amor. La respuesta de gran parte del mundo al ataque de Rusia a Ucrania es una importante manifestación de solidaridad, que no se hubiera producido en tiempos anteriores. Esa solidaridad se expresa incluso trayendo a la propia casa a ucranianas con sus hijos, sin que se sepa cómo se les va a dar de comer. Y esa solidaridad la hemos visto en la pandemia cuando tantos médicos y enfermeros han fallecido atendiendo a los enfermos o cuantos sacerdotes han acudido a hospitales dedicados a los infectados, con grave riesgo de su vida. Más aun, son muchas las personas que se han decidido a llevar alimentos a vecinos ancianos o incluso atender a quienes se encontraban enfermos en su casa, teniendo antes con ellos muy escasas relaciones. Los cristianos podemos recordar la parábola del Evangelio: mi prójimo, al que debo amar como a mí mismo, es cualquiera que necesita la ayuda que puedo proporcionarle. Por supuesto, es obvio que hay otras fuentes, distintas del cristianismo que explican el amor al prójimo. Pero es indudable que en la Encarnación y muerte de Cristo encontramos una clara historia del amor que Dios tiene a los hombres, lo que nos puede dar la seguridad de que hay alguien que me ama, y que en todo auténtico amor se da, como dice Benedicto XVI (2005, n.º 17), refiriéndose a los clásicos, un querer lo mismo y rechazar lo mismo, un pensar y desear común. Dios nos amó primero y al descubrir ese amor descubrimos también el sentido de nuestra vida y buscamos el amor a Dios, y el amor exclusivo y definitivo, expresado en el vínculo matrimonial. Todas estas ideas señaladas no deben olvidarse, sino que tienen que estar en la base de una renovada educación del carácter, que haya sacado lecciones de la dura pandemia que hemos sufrido. Pasemos, por tanto, a estudiar cómo debemos diseñar a la buena educación, que esté a la altura de nuestro tiempo.

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