Resumen
Si en Pedagogía cupiera también la nota irónica y nos entretuviéramos alguna vez en señalar lo que llamaríamos «paradojas pedagógicas», no nos sería difícil dar con una, muy significativa por cierto: y es que hay en la educación del muchacho unos cuantos problemas suyos que los que debemos educarle rara vez queremos plantearnos y solventar eficazmente. Y no precisamente porque sean los menos trascendentes. Pensamos, por ejemplo, en el problema sexual del muchacho : ¿no se diría a veces que no existe, a juzgar por el modo cómo se comportan ante él tantos padres y educadores? Y, sin embargo, ahí está el problema, y ahí queda el muchacho abandonado a sí mismo y a sus circunstancias, mientras sus formadores se inhiben so pretexto quizá de delicadeza o pudor. Es cierto que en esta materia suele flotar entre educador y educando un halo que impide la transparencia de comunicación entre ambos: bien estará cuando la naturaleza lo ha puesto, pero quisiéramos que fuera sólo un halo de prudencia y discreción, y nunca de incomprensión, abandono e incompetencia.
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