Resumen
Todo maestro o profesor habituado a puntuar o calificar a sus escolares tiende a convertir en automática la calificación o puntuación que realiza diaria, semanal o mensualmente. Juzga, sopesa y califica las materias o facetas que estima de mayor importancia y deja sin calificar las de menor interés. Puntúa y ordena periódicamente de acuerdo con todo el complejo escolar, o dedica cada período de tiempo a un solo aspecto para reunir más tarde todas las notas en una sola. En todo caso, califica porque cree en la posibilidad de la calificación; porque desea reducir al mínimo los márgenes de error y guardar un recuerdo más preciso del aprovechamiento de cada escolar; porque intenta orientar a los educandos en su aprendizaje. Mas así como nadie discute la posibilidad de calificar a los escolares, ya que uno de los afanes del hombre es el «afán calificador» que nos lleva a la fuerte y matizada gama de buenos, malos, diestros, torpes, inteligentes, etc. (recordemos los tres grados del adjetivo calificativo: bueno, mejor, óptimo, que unidos a su valor contrario, malo, peor y pésimo, junto al intermedio regular, nos dan siete calificaciones posibles), si se pone en tela de juicio la legitimidad de la puntuación, de las notas numéricas.
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