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Resumen

Cada vez más reivindicada, la figura de Judith N. Shklar es de gran vigencia y utilidad gracias a su reformulación de la tradición política liberal. Su aportación clave es el llamado «liberalismo del miedo». Alejado de máximos imposibles y de la búsqueda del bien supremo, a este liberalismo más modesto y discreto, le basta evitar el mayor de los males en política: la crueldad arbitraria. No es poco. Alicia García Ruiz, profesora en la Carlos III y traductora de Judith Shklar, lo explica así: «La pensadora sitúa su liberalismo político no en una perspectiva cargada de optimismo histórico o imbuida de la promesa de progreso, sino en una que practica una conciencia histórica desengañada, un inventario de los daños y abusos de los que son capaces los sistemas políticos abandonados a su poder». Este concepto bebe directamente de una concepción de la injusticia y del daño que vienen a enmendar las teorías formales de la justicia. Lo que le preocupa a Shklar es que estas acaben suponiendo un punto débil para la supervivencia de la democracia. ¿Cuál? La incapacidad para percibir y responder a las causas de malestar social. Y, ¿por qué sería esto tan importante? Responde así: «No deberíamos ignorar los costes políticos de una ira organizada», afirma la pensadora, pues «de los marginados de ayer, los vengadores revolucionarios del mañana».

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